25.8.16

La brecha

Entonces, recapitulando: tantos años de pensarlo, soñarlo y vivirlo mentalmente, viajo y concreto las expectativas. Pero ya no puedo seguir igual.
Es que, volví del viaje, pero fue como una puerta, un inicio. Cuando estaba allí, soñaba con mi día a día, mi trabajo, mis lugares, mi gente. Mucho sentido de pertenencia. Ahora, sueño que estoy por irme, que estoy viajando, que estoy allá. Mi cerebro complementa las dos partes, entre el mundo real y el mundo de los sueños. En cierta forma, estoy en ambos sitios a la vez a lo largo del día.
Pero, lógicamente, ya no es igual. La rutina no me basta. No puedo quedarme atrapado cuando conocí la libertad. La rutina en los sueños se veía más idílica de lo que actualmente es. Y el viaje en cambio, es agradable en ambas partes; estando y no estando en él, en sueños y no sueños.
He tomado una decisión: modificar mi vida, destruir la rutina por un tiempo, viajar sin tiempo, sin preocupaciones. Sin compañía más que la propia o la ocasional, dependiendo de mi suerte. Entregarme a mi suerte con cuidados y despreocupado al mismo tiempo. Permitirme estar solo, sufrir la soledad, enfrentarme a mis miedos y aprender a convivir con ellos, o sucumbir en el intento. Aceptar que es un arma de doble filo, que puedo caer para ambos lados; por ende, prepararme mentalmente para abrazar el fracaso si se presenta, o el éxito si me agobia. Dejarme fluir, escuchar mi mente, mi corazón y mi alma, sin dejar que ninguna prime demasiado sobre las otras. Sentir mi cuerpo, mis limitaciones y  mis posibilidades a flor de piel sin tener que llegar al extremo de nada. Viajar, estacionarme, trabajar, ingeniarme, desesperar, relajarme, despertar, dormirme, enfermar y curarme. Descubrir, sentir, dejar ser y dejarme ser. Ir, volver, creer y crecer.
Vivir.

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