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No puedo verlo, pero se que está ahí. Delante mío. Imposible de demoler. Sólo traspasable por arriba. Pero es muy alto. Tengo quienes me ayudan a subirme y quienes me dicen que es mejor quedarme de este lado. Pero no debo depender de nadie. Debo subir sólo. Por más que es más fácil con la ayuda de los demás, es un desafío que debo atravesar solo. Comienzo a intentar trepa por esa pared lisa y vertical y siento manos que me tiran abajo.
Caigo.
Intento.
Me atrapan.
Caigo.
Por momentos, me dejo ayudar por quienes quieren hacerlo.
Caigo.
Quiero encontrar una puerta, un boquete, una ventana, un final de la pared hacia los lados.
Pero no.
Y caigo.
Otra vez.
Y entonces pienso: ¿realmente debo atravesarla ahora? ¿o es que acaso no es el momento?
Pero hay tres voces dentro mío. La primera me hace esas preguntas. La segunda le responde que sí, es el momento, que debo atravesarla. Como sucedió una vez con el desafío Naranja, debo enfrentarla para avanzar hacia la siguiente etapa. Y la tercera voz...
La tercera soy yo. ¿Qué es lo que creo yo?
No lo sé. Tantas voces ajenas, externas e internas no me dejan responderme.
Porque, ¿acaso pueden saber los humanos qué es la vida?
Yo en este tiempo que estuve aquí, me interné en su raza para entenderla. Pero hay cosas que ni ellos entienden.
Pude ver y apreciar cosas de su vida cotidiana que ellos ignoran. Y, por estar tanto tiempo entre ellos, olvidé mi misión. Ellos lo saben. (¿Quiénes son ellos? los que me enviaron aquí. ¿Qué son ellos? ya no lo recuerdo) En cuanto cumpla mi objetivo en este lugar, he de regresar a mi origen.
Pero realmente no se si quiero regresar. Tanto estar con humanos me ha dado deseos de ser uno más.