Cuando pensé en todo, sentí que todo era mucho. Me superaba. Me sentí aplastado, apesumbrado, desesperado. Tuve miedo. Pensé en huir, pero no tenía donde. Pensé renunciar, pero no sabía como podía hacerlo, ni siquiera si podía.
La resignación hizo presencia en mí, y en mi voluntad. Resignación. Asumir el cargo de lo que debía hacer, sin entender por qué.
Seguir con mi vida, incorporando los cambios, me hacía pensar que ya no podría seguir con mi vida, por lo menos no con esa vida que llevaba hasta ese momento. Esa vida se fue, se esfumó por completo y para siempre con una charla menor a diez minutos. Las palabras fueron como un tren que me arrolló, que me embistió por sorpresa y ahí estaba yo, destrozado, desangrándome, viéndome morir lenta e inevitablemente, sintiéndo como se iba todo de mi cuerpo, para dejar entrar lo nuevo, lo desconocido. Mi destino.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario