14.11.11

Capítulo 27

Debía hacer un orden de mis cosas, mi cabeza y mi espacio material exterior, el lugar que habitaba y todo lo que lo componía. Me costaba, me costaba mucho, arrastraba recuerdos con formas diversas, imposibles de desechar, archivados en cajas y folios los más antiguos, y desparramados en el suelo o sonriendo desde un estante los mas recientes.
Un caos impensado se vislumbraba desde la distancia, pero para mi había cierto orden entre ese resultado de terremoto comúnmente denominado adolescencia. Había cosas y cositas, entremezcladas y apiladas, desordenadas o agrupadas, pero todas cercanas a encontrase.
El inconveniente sucedió cuando superé las dos décadas de vida, y el ingreso de recuerdos se duplicaba con cada año. Las pilas se derrumbaron por el peso y la mala base, los grupos crecieron y se fusionaron, se le impregnaron más recuerdos de un viaje ida y vuelta al otro lado del mundo y explotó todo. Tomó vida propia. Los recuerdos bellos se escondían tras papeles arrugados y los objetos preciados o precisos desaparecían ante souvenires del tiempo.
Cuánto más quise ordenar, peor las cosas se ponían. Por cierto, una buena idea era pedir ayuda para hacer orden, pero lo decidí al llegar el cuarto de siglo, y busqué para ello a un agente externo, un profesional que hubiese estudiado para dicha encomienda.
Y así fue como primero hice un inventario mental de lo que quise y lo que quería, para saber que partes de todo eso quedaría en mi futuro.
Luego, un imprevisto sacudón me hizo sacar de dentro la fuerza para cambiar todo. Es increíble como las cosas suceden tan rápido a veces. Y ahí me encontraba yo, con las herramientas para ordenar definitivamente mi pasado a fin de fabricar un futuro, un futuro añorado pero en ese momento por instantes insólitamente temido, y bajo la presión del paso del tiempo, muy veloz en esos momentos.

No hay comentarios.: